Por la profesora de Historia Cecilia Stepsys.
Como todos los países del mundo tienen sus tradiciones, el nuestro no va ser menos. Celebramos y recordamos el 10 de noviembre a todas aquellas tradiciones que son propias de nuestra tierra y a la cual nos arraigamos y tratamos de mantenerlas vivas, como por ejemplo el mate, el folklore, el gaucho, el asado y otras más que en este momento no vienen a la cabeza, porque la tengo invadida por la imagen del gaucho, personaje entrañable de nuestras Pampas. Si bien acostumbraban a vivir en las llamadas taperas (especie de “casa” hecha con cueros y rezagos de animales) con su mujer la china criolla, en medio de la Pampa o campo según donde se establecieran, nunca les faltaba el mate, que era de cuero, y la bombilla.
En este Día de la Tradición, vamos a dedicarles unas líneas a estos hombres de chiripá, bombacha, botas con nazarenas con rodajas grandes, caballo, doma, yerra, rebenque, sin olvidarnos del típico poncho, la taba, el facón, el palenque, y de aquellos gauchos salteños con sus clásicos mandiles que colgaban de sus caballos para que las espinillas no se les incrustaran.
El gaucho, recibía un nombre según la actividad que realizaba:
-EL PAYADOR: era el gaucho cantor, popular y errante que improvisaba sus versos. Cuando se encuentran dos payadores uno trata de vencer al otro. Es la payada de contrapunto. Figura romántica de nuestro pasado, el payador ha sido fuente de inspiración para un poeta argentino, Rafael Obligado, que puso este nombre a su personaje: Santos Vega.
-EL BAQUEANO: En su libro «Facundo», nos da Sarmiento a conocer a este personaje. “Es un gaucho grave y reservado que conoce veinte mil leguas cuadradas de llanuras, montañas, bosques. Es el único mapa que lleva un general para dirigir los movimientos de su campaña. Un baqueano encuentra una sendita que hace cruz con el camino que lleva; él sabe a qué aguada remota conduce. Si encuentra mil, el las conoce a todas. El sabe el vado oculto que tiene un rio”.
-EL RASTREADOR: es el gaucho que puede descubrir en una simple huella de personas, animales o vehículos, cosas que nadie a simple vista ve. En nuestro campo fue eficaz auxiliar de la Policía por su asombrosa facilidad para identificar personas desconocidas. El general Lucio V Mansilla, en su libro “Una excursión a los indios ranqueles”, dice que los mejores rastreadores que hay en el país son los riojanos y sanjuaninos.
-EL RESERO: Otro personaje que se ha perdido en los polvorientos caminos de la Patria es el Resero. Así lo llamaban en las provincias de Buenos Aires, La Pampa y Santa Fe. Era el tropero de Entre Ríos y Corrientes. ¿Cuál era su misión? Apartar las reses y conducir luego la tropa. De reses y de tropas derivan sus nombres.
-EL DOMADOR: La figura recia del gaucho en lucha pareja con el potro es aun hoy protagonista en nuestras estancias. Antes de efectuar la doma debía atar el potro al palenque, cepillarlo, bañarlo, acariciarlo. Luego hacerle sentir el peso del recado y, finalmente, montarlo. Los corcovos, las corridas desenfrenadas, algún revolcón, son parte de la doma.
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jueves, 6 de noviembre de 2014
jueves, 4 de septiembre de 2014
EDICIÓN IMPRESA Historia. Anécdotas sarmientinas
Por la profesora Cecilia Stepsys
Sarmiento, Avellaneda y Roca: Avellaneda y Roca fueron una vez a visitarlo a Sarmiento cuando veraneaba en Carapachay en la época de su presidencia. En el trayecto del viaje, Avellaneda le dijo a Roca que aunque Sarmiento lo invitase a quedarse a dormir, no aceptara. Pero no le dio más explicaciones, diciéndole solamente «yo sé bien lo que digo».
A la hora del regreso. Sarmiento insinuó a sus visitantes la conveniencia de que pasaran la noche en su casa, para volver a la Capital con el fresco de la mañana siguiente. Avellaneda no acepto, pretextando serios motivos para regresar ese mismo día. Al despedirse de Roca, le dijo con sorna: «¡que pase usted muy bien la noche!»
Después de la comida y de una larga sobremesa, Sarmiento dio a Roca las buenas noches y le dijo con la mayor naturalidad: Como soldado hecho a estas patriadas, usted se procurará donde dormir, y se retiró tranquilamente a su habitación.
Recién pudo Roca explicarse las palabras enigmáticas de Avellaneda, y resolvió pedir a la famosa escolta de sanjuaninos que custodiaba al presidente de la Republica las prendas indispensables para improvisar una cama militar. Y cuando después de haber recurrido a toda su experiencia de veterano «hecho a esas patriadas» logro acostarse para dormir, no pudo menos de exclamar para sí mismo: «Y que razón tenía Avellaneda».
Humorística contestación. El general Mansilla era muy amigo de Sarmiento, tanto que ayudó de cuantos modos pudo para que saliera electo su gran amigo, que llegó al poder. Al formar su gabinete, no incluyó a Mansilla. Éste le dijo un día oportunamente: «¿Quién diría, Sarmiento, que yo, inventor de su candidatura, iba a quedar excluido del gobierno?», a lo que Sarmiento contestó le muy suelto de cuerpo: «Pues, mi amigo, no será ni la primera ni la última vez que un invento reviente al inventor».
Sarmiento en su despacho presidencial. Un buen día un grupo de damas invade el despacho presidencial del eminente magistrado, y después de los saludos y presentaciones de práctica, se hizo un momento de silencio, sin que ninguna de las presentes damas empezara a manifestar el objeto de su visita. Teniendo en cuenta que el tiempo vale oro, y a pesar de encontrarse muy bien en tan agradable compañía, Sarmiento les preguntó redondamente: «¿De qué se trata?» Y como nadie contestase, agregó: «Le corresponde hablar a la mayor».
Naturalmente, ninguna se dio por aludida, y el gran viejo, sonriente, modifico su invitación, diciendo: «Pues tiene la palabra la menor». Entonces sí, se apuraron a hablar todas a un tiempo.
Prisioneros y tortas. Durante la presidencia de Sarmiento, el ministro Gainza, dándole cuenta por telegrama de un encuentro de avanzadas, por un error de redacción o de transmisión aparecían, en lugar de rebeldes, treinta bolsas de harina prisioneras y agregaba: ¿Qué hago con ellas?...y Sarmiento contesto brevemente: «Haga tortas».
El mareo en las alturas. Un candidato a la presidencia surgido de improviso y sin mayores méritos, exclamaba con todo énfasis qué a él no le habrían de marear las alturas. «No sería extraño -dijo Sarmiento-, pues he visto tantas mulas y borricos trepar las cumbres de la Cordillera sin marearse…»
Sarmiento invitado. El señor Francisco Seeber invito una vez a comer a Sarmiento. La dueña de la casa, al sentarse a la mesa, le dijo amablemente: «Aquí, señor, todos somos sarmentistas» E inclinándose galanamente, muy ufano e hinchado de gozo, contesto: «Soy del mismo partido que ustedes».
Sarmiento y el arzobispo. Algún tiempo después de haber cesado en la Presidencia, Sarmiento paseaba un día por las calles de Buenos Aires con su nieto, con quien conversaba y hacia reflexiones como si se tratara de un hombre ya. A poco andar, se encuentran, cruzándose, con el arzobispo de Buenos Aires. El ilustre anciano, expresidente, con toda cortesía, se hizo a un lado dando la vereda a la autoridad eclesiástica, quien parándose extrañado, le dijo: «Pase usted primero, excelencia». Sarmiento agradeciendo íntimamente este miramiento, contesto: «Ya he terminado la Presidencia, si no, ¡ni al Papa de Roma dejaba yo pasar primero!».
Sarmiento, Avellaneda y Roca: Avellaneda y Roca fueron una vez a visitarlo a Sarmiento cuando veraneaba en Carapachay en la época de su presidencia. En el trayecto del viaje, Avellaneda le dijo a Roca que aunque Sarmiento lo invitase a quedarse a dormir, no aceptara. Pero no le dio más explicaciones, diciéndole solamente «yo sé bien lo que digo».
A la hora del regreso. Sarmiento insinuó a sus visitantes la conveniencia de que pasaran la noche en su casa, para volver a la Capital con el fresco de la mañana siguiente. Avellaneda no acepto, pretextando serios motivos para regresar ese mismo día. Al despedirse de Roca, le dijo con sorna: «¡que pase usted muy bien la noche!»
Después de la comida y de una larga sobremesa, Sarmiento dio a Roca las buenas noches y le dijo con la mayor naturalidad: Como soldado hecho a estas patriadas, usted se procurará donde dormir, y se retiró tranquilamente a su habitación.
Recién pudo Roca explicarse las palabras enigmáticas de Avellaneda, y resolvió pedir a la famosa escolta de sanjuaninos que custodiaba al presidente de la Republica las prendas indispensables para improvisar una cama militar. Y cuando después de haber recurrido a toda su experiencia de veterano «hecho a esas patriadas» logro acostarse para dormir, no pudo menos de exclamar para sí mismo: «Y que razón tenía Avellaneda».
Humorística contestación. El general Mansilla era muy amigo de Sarmiento, tanto que ayudó de cuantos modos pudo para que saliera electo su gran amigo, que llegó al poder. Al formar su gabinete, no incluyó a Mansilla. Éste le dijo un día oportunamente: «¿Quién diría, Sarmiento, que yo, inventor de su candidatura, iba a quedar excluido del gobierno?», a lo que Sarmiento contestó le muy suelto de cuerpo: «Pues, mi amigo, no será ni la primera ni la última vez que un invento reviente al inventor».
Sarmiento en su despacho presidencial. Un buen día un grupo de damas invade el despacho presidencial del eminente magistrado, y después de los saludos y presentaciones de práctica, se hizo un momento de silencio, sin que ninguna de las presentes damas empezara a manifestar el objeto de su visita. Teniendo en cuenta que el tiempo vale oro, y a pesar de encontrarse muy bien en tan agradable compañía, Sarmiento les preguntó redondamente: «¿De qué se trata?» Y como nadie contestase, agregó: «Le corresponde hablar a la mayor».
Naturalmente, ninguna se dio por aludida, y el gran viejo, sonriente, modifico su invitación, diciendo: «Pues tiene la palabra la menor». Entonces sí, se apuraron a hablar todas a un tiempo.
Prisioneros y tortas. Durante la presidencia de Sarmiento, el ministro Gainza, dándole cuenta por telegrama de un encuentro de avanzadas, por un error de redacción o de transmisión aparecían, en lugar de rebeldes, treinta bolsas de harina prisioneras y agregaba: ¿Qué hago con ellas?...y Sarmiento contesto brevemente: «Haga tortas».
El mareo en las alturas. Un candidato a la presidencia surgido de improviso y sin mayores méritos, exclamaba con todo énfasis qué a él no le habrían de marear las alturas. «No sería extraño -dijo Sarmiento-, pues he visto tantas mulas y borricos trepar las cumbres de la Cordillera sin marearse…»
Sarmiento invitado. El señor Francisco Seeber invito una vez a comer a Sarmiento. La dueña de la casa, al sentarse a la mesa, le dijo amablemente: «Aquí, señor, todos somos sarmentistas» E inclinándose galanamente, muy ufano e hinchado de gozo, contesto: «Soy del mismo partido que ustedes».
Sarmiento y el arzobispo. Algún tiempo después de haber cesado en la Presidencia, Sarmiento paseaba un día por las calles de Buenos Aires con su nieto, con quien conversaba y hacia reflexiones como si se tratara de un hombre ya. A poco andar, se encuentran, cruzándose, con el arzobispo de Buenos Aires. El ilustre anciano, expresidente, con toda cortesía, se hizo a un lado dando la vereda a la autoridad eclesiástica, quien parándose extrañado, le dijo: «Pase usted primero, excelencia». Sarmiento agradeciendo íntimamente este miramiento, contesto: «Ya he terminado la Presidencia, si no, ¡ni al Papa de Roma dejaba yo pasar primero!».
martes, 8 de abril de 2014
EDICIÓN IMPRESA. Cuando California fue argentina
Por Cecilia Stepsys (*)
De este personaje histórico que voy a contarles, poco se sabe y poco se lo nombra pero durante su lucha por la Independencia consiguió dos logros que creo hasta hoy, muy pocos lo sabían y ahora los lectores de PUNTO SUR se suman a esos privilegiados.
Corría el año 1817, más exactamente el 9 de julio cuando nuestro prócer zarpa de Buenos Aires con su fragata que él mismo había capturado de manos de los realistas (españoles), rebautizándola “Consecuencia” (antes se llamaba Argentina). Su recorrido fue largo: Madagascar, India, Océano Indico, Filipinas, Borneo, Java, Macasar, las Célebres, siempre con la bandera argentina al tope.
En Macasar venció a cinco navíos malayos en hora y media, el capitán malayo, como era costumbre de la época, al verse vencido se dio dos puñaladas y se arrojo al agua, lo mismo sucedió con los otros capitanes y la tripulación que quedó viva se unió al navío de nuestro prócer.
Durante dos meses, “la Argentina” bloqueo la ciudad Filipina de Luzón, centro del poder español en el Mar de China, hundió 16 barcos, abordo otros 16 y apreso a 4000 realistas. Todo este accionar convirtió a nuestro prócer en un corsario temido.
En ruta a Oceanía se detuvo en Hawai, donde poco antes el rey Kamela Hela se había apropiado ilegalmente de un barco argentino, el “Chacabuco”.
Nuestro brigadier negoció con el rey y rescato la nave previa indemnización. Y…aquí viene el primero de los logros, el comandante firmo un tratado de unión, amistad y comercio con el soberano isleño y logro que Hawaii reconociera la independencia nacional declarada en 1816, fue el primer Estado que lo hizo.
Finalmente nuestro comandante se hace a la mar y allá por noviembre de 1818 fondea en la Bahía de Monterrey, California, entonces posesión española.
Nuestro marino, junto a sus subordinados, tripulación de criollos y polinesios, sitiaron la ciudad enemiga. Los realistas por más que cañonearon, no pudieron lograr que retrocedieran y al día siguiente se produjo la rendición de la plaza.
Inmediatamente un cobrizo guerrero hawaiano arrió la bandera española e izó la celeste y blanca en territorio del que hoy es uno de los países más poderosos del planeta. Esta ocupación duró 6 días, tanto como el saqueo y la reparación de las naves.
El comandante continuó sus viajes por las colonias centroamericanas, poniendo en jaque a cuanto español se le cruzara, apoderándose de San Juan, Acapulco, San Blas y Santa Bárbara.
Frente a las costas nicaragüenses el combate fue feroz pero los realistas fueron desmembrados completamente y aquí…viene el segundo hecho por el cual debería ser recordado. Tan bravo, feroz luchador, convencido de la causa fue este hombre que por donde pasó dejó su huella, esa huella es que muchas de las banderas de las actuales naciones de Centroamérica tiene ostensiblemente la nuestra como base, pues significó para quienes lucharon por sus respectivas independencias, un homenaje a aquel hombre llamado Hipólito Bouchard, un símbolo nacional olvidado de la lucha contra la opresión colonial, pero respetado y homenajeado a lo largo de toda América Central.
(*) La autora es profesora de Historia
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| Bochard y la fragata “La Argentina”, en una estampilla de 1980. |
De este personaje histórico que voy a contarles, poco se sabe y poco se lo nombra pero durante su lucha por la Independencia consiguió dos logros que creo hasta hoy, muy pocos lo sabían y ahora los lectores de PUNTO SUR se suman a esos privilegiados.
Corría el año 1817, más exactamente el 9 de julio cuando nuestro prócer zarpa de Buenos Aires con su fragata que él mismo había capturado de manos de los realistas (españoles), rebautizándola “Consecuencia” (antes se llamaba Argentina). Su recorrido fue largo: Madagascar, India, Océano Indico, Filipinas, Borneo, Java, Macasar, las Célebres, siempre con la bandera argentina al tope.
En Macasar venció a cinco navíos malayos en hora y media, el capitán malayo, como era costumbre de la época, al verse vencido se dio dos puñaladas y se arrojo al agua, lo mismo sucedió con los otros capitanes y la tripulación que quedó viva se unió al navío de nuestro prócer.
Durante dos meses, “la Argentina” bloqueo la ciudad Filipina de Luzón, centro del poder español en el Mar de China, hundió 16 barcos, abordo otros 16 y apreso a 4000 realistas. Todo este accionar convirtió a nuestro prócer en un corsario temido.
En ruta a Oceanía se detuvo en Hawai, donde poco antes el rey Kamela Hela se había apropiado ilegalmente de un barco argentino, el “Chacabuco”.
Nuestro brigadier negoció con el rey y rescato la nave previa indemnización. Y…aquí viene el primero de los logros, el comandante firmo un tratado de unión, amistad y comercio con el soberano isleño y logro que Hawaii reconociera la independencia nacional declarada en 1816, fue el primer Estado que lo hizo.
Finalmente nuestro comandante se hace a la mar y allá por noviembre de 1818 fondea en la Bahía de Monterrey, California, entonces posesión española.
Nuestro marino, junto a sus subordinados, tripulación de criollos y polinesios, sitiaron la ciudad enemiga. Los realistas por más que cañonearon, no pudieron lograr que retrocedieran y al día siguiente se produjo la rendición de la plaza.
Inmediatamente un cobrizo guerrero hawaiano arrió la bandera española e izó la celeste y blanca en territorio del que hoy es uno de los países más poderosos del planeta. Esta ocupación duró 6 días, tanto como el saqueo y la reparación de las naves.
El comandante continuó sus viajes por las colonias centroamericanas, poniendo en jaque a cuanto español se le cruzara, apoderándose de San Juan, Acapulco, San Blas y Santa Bárbara.
Frente a las costas nicaragüenses el combate fue feroz pero los realistas fueron desmembrados completamente y aquí…viene el segundo hecho por el cual debería ser recordado. Tan bravo, feroz luchador, convencido de la causa fue este hombre que por donde pasó dejó su huella, esa huella es que muchas de las banderas de las actuales naciones de Centroamérica tiene ostensiblemente la nuestra como base, pues significó para quienes lucharon por sus respectivas independencias, un homenaje a aquel hombre llamado Hipólito Bouchard, un símbolo nacional olvidado de la lucha contra la opresión colonial, pero respetado y homenajeado a lo largo de toda América Central.
(*) La autora es profesora de Historia
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